LA HIJA DE SU CRIADA SUSURRÓ “MIRA DEBAJO DE TU ESCRITORIO”. EL JEFE DE LA MAFIA ENCONTRÓ UNA BOMBA, RECLAMÓ A SU MADRE ANTE CINCO DONS Y DECLARÓ LA GUERRA A LA MUJER CON LA QUE SE SUPONÍA QUE SE IBA A CASAR.
Parte 1
Sophia Bellini supo que su hija había hecho algo terrible cuando el hombre más peligroso de Nueva York dejó de caminar.
Damiano Moretti se encontraba a tres pasos de la puerta de su despacho privado, vestido con una chaqueta de etiqueta negra que se ajustaba a sus anchos hombros con una perfección implacable. Más allá, la mansión de Long Island resplandecía bajo candelabros de cristal y la tenue luz dorada reservada para las veladas en las que hombres poderosos acudían a negociar.
En treinta minutos llegarían cinco profesores de la Costa Este.
Cerca de treinta hombres armados se sentaban bajo el tejado de Moretti.
Sobre el escritorio de caoba del estudio de Damiano se firmaría una alianza que podría poner fin a una década de derramamiento de sangre.
Y Emma Bellini, de seis años, acababa de agarrar la manga del jefe de la mafia con ambas manos.
—Por favor, revise debajo de su escritorio, señor —susurró ella.
El pasillo quedó en silencio.
Sophia estaba a tres metros de distancia, sosteniendo una bandeja de champán intacto. El horror la invadió tan rápidamente que casi soltó las asas plateadas.
“Emma.”
Su hija se estremeció, pero no soltó a Damiano.
Sofía se apresuró a avanzar.
“Lo siento mucho, señor Moretti. Su niñera canceló, y la señora Romano dijo que podía quedarse en la sala de personal de la planta baja siempre y cuando guardara silencio. Solo me distraje un instante.”
El pequeño rostro de Emma se había puesto pálido.
Llevaba la blusa blanca que Sophia había planchado esa mañana y una falda azul marino comprada de segunda mano en una venta benéfica de la iglesia. Una media se le había resbalado hasta el tobillo. Su cabello castaño se escapaba de las dos trenzas que Sophia le había hecho antes del amanecer.
Damiano la miró.
La mayoría de los adultos no podían sostener su mirada ni por un instante. Emma lo miró fijamente con una determinación temerosa.
—¿Qué hay debajo de mi escritorio? —preguntó.
“Una luz roja.”
A Sofía se le revolvió el estómago.
“Emma, ya basta.”
—Sigue parpadeando —insistió la niña—. La señora brillante le dijo al hombre que no tocara el botón después de que lo pusiera ahí.
La expresión de Damiano no cambió.
Eso asustó a Sofía más que la ira.
Los guardias apostados a lo largo del pasillo se enderezaron casi imperceptiblemente.
Damiano se agachó hasta quedar a la altura de Emma.
“¿Qué dama brillante?”
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
