Me casé con una viuda de 76 años por su fortuna… pero después del funeral, el abogado me entregó una vieja máquina de coser

Santiago cargó las canastas hasta un Volkswagen viejo color botella. No esperaba propina. Ya se había acostumbrado a no esperar nada de nadie.

Pero doña Mercedes lo invitó a comer una torta ahogada.

Después le pidió que le arreglara una chapa. Luego un escalón. Luego una gotera.

En pocas semanas, Santiago empezó a pasar las tardes en su casa de la colonia Americana, tomando café de olla en una cocina amarilla donde siempre olía a sopa de verduras.

Doña Mercedes era viuda de un empresario textil, pero vivía sin lujos exagerados. Tenía dinero, sí, pero también una soledad que se sentía en cada silla vacía.

Sus sobrinas, Patricia y Lorena, no tardaron en aparecer.

La primera vez que lo vieron lavando trastes, Patricia lo midió de pies a cabeza, mirando sus tenis rotos como si fueran una prueba criminal.

—Tía, ¿quién es este muchacho?

—Un amigo —respondió Mercedes.

—Un amigo… pues cuenta las cucharas cuando se vaya.

Santiago fingió no escuchar, pero la frase se le quedó enterrada.

3 meses después, doña Mercedes hizo algo que lo dejó helado.

Una tarde, mientras tomaban té de manzanilla, ella acomodó sus manos sobre la mesa y dijo:

—Santiago, quiero que te cases conmigo.

Él casi soltó la taza.

—Doña Mercedes, no diga eso ni de broma.

—No será un matrimonio romántico. Tú necesitas estabilidad y yo necesito a alguien que no me mire como una herencia con patas.

Santiago pensó en los 83 pesos que traía en la cartera. Pensó en el Tsuru que ya ni cerraba bien. Pensó en todas las noches con frío.

Y dijo que sí.

Desde ese día, medio Guadalajara decidió que era un aprovechado.

En la iglesia, las señoras cuchicheaban. En la notaría, los empleados levantaban la ceja. En las comidas familiares, Patricia lo llamaba “el cazafortunas” sin decirlo de frente.

Durante 4 años, Santiago acompañó a Mercedes al cardiólogo, le cocinó caldo, le cambió focos, le leyó novelas cuando le dolía la vista y le sostuvo la mano en los días malos.

La gente seguía viendo un joven esperando que una anciana muriera.

Pero Mercedes veía algo distinto.

—No dejes que la gente te ponga un nombre que no es tuyo, mijo —le decía—. La neta siempre tarda, pero llega.

Una mañana, mientras desayunaban pan dulce, ella lo miró con una tristeza rara.

—Si algo me pasa, busca al licenciado Bustamante. Y haz exactamente lo que él te diga.

—No va a pasar nada —contestó Santiago.

Mercedes suspiró.

—Hay familias que esconden cosas tan feas que ni la muerte las limpia.

2 semanas después, la silla de Mercedes amaneció vacía.

Santiago tocó su puerta. Nadie respondió.

Cuando entró, la encontró como dormida, con una mano sobre el pecho y la otra cerca de una foto antigua.

Doña Mercedes se había ido.

En el funeral, Patricia se paró frente a Santiago con vestido negro, labios rojos y una sonrisa cruel.

—No te vas a quedar con nada, ¿me oíste? Ni casa, ni joyas, ni un tenedor. Te vamos a pelear hasta el último peso.

Una semana después, el abogado citó a Santiago.

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