PARTE 2: «Soy el comandante Nathaniel Carter de la Armada de los Estados Unidos». Las palabras salieron firmes, casi sencillas, pero resonaron en la habitación como una campana en el aire invernal. Por un instante, nadie respiró. Incluso los dedos del empleado permanecieron suspendidos sobre las teclas, esperando a que la sala volviera a la calma. Mi madre se llevó ambas manos a la boca.
Nathan Cole se fijó por primera vez en los chicos una tarde lluviosa de jueves en Boston.
Y por un instante aterrador, llegó a creer de verdad que su mente le estaba jugando una mala pasada.
Acababa de salir de una pésima reunión de inversores en el Hotel Harbor Crescent, uno de los últimos establecimientos rentables tras el fracaso de su proyecto de expansión. La lluvia azotaba las puertas de cristal del vestíbulo mientras los huéspedes, exhaustos, se apresuraban por los suelos de mármol con paraguas y maletas caras.
Nathan apenas se percató de nada.
A sus cuarenta y un años, parecía mayor de lo que era.
La seguridad nítida y definida que antaño adornaba las portadas de las revistas se había desvanecido, dando paso a algo más sobrio.
Algo más frágil.
Su abrigo gris carbón, ceñido a su cuerpo, colgaba holgadamente sobre un cuerpo que nunca había recuperado del todo el peso perdido desde la desaparición de Emily.
Casi nunca dormía más de tres horas.
Y el silencio se había vuelto insoportable.
Se dirigía hacia la salida cuando una risa estruendosa lo detuvo en seco.
No es una risa cualquiera.
Un niño riendo.
Claro.
Despreocupado.
Una familiaridad desgarradora.
Junto a la fuente del hotel, dos niños se perseguían en círculos, mientras su niñera fracasaba estrepitosamente en su intento de calmarlos.Mellizos.
Quizás cuatro.
Cabello oscuro.
Extremidades largas.
Y esos mismos ojos gris azulados que Nathan había contemplado durante toda su vida.
Sus piernas dejaron de funcionar.
El chico más alto casi chocó con él antes de retroceder tambaleándose.
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