—¡Lo siento! —gorjeó el niño.
Nathan la miró fijamente.
El chico miró hacia atrás.
Entonces sonrió.
Igual que lo hacía Emily.
Algo profundo en el pecho de Nathan le dolía.
La niñera vino corriendo enseguida.
“Chicos, vamos. Mamá dijo que no se podían hacer carreras.”
Mamá.
El corazón de Nathan dio un vuelco.
El segundo gemelo ladeó la cabeza con curiosa preocupación.
“Señor, ¿por qué tiene esa expresión tan triste?”
La pregunta lo traspasó por completo.
Nathan entreabrió los labios.
No se consiguió nada.
Porque, de repente, cada parte de él gritaba una palabra imposible.
Mi.
La niñera finalmente se percató de su expresión y se removió incómodamente.
—Lo siento de nuevo —dijo rápidamente, mientras apartaba a los chicos.
Pero antes de doblar la esquina, uno de ellos miró hacia atrás.
Y Nathan lo vio.
Una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna justo debajo de la mandíbula del niño.
La misma marca que Nathan tenía debajo de la oreja izquierda.
Heredado.
Inusual.
No te puedes equivocar.
El suelo parecía inclinarse bajo sus pies.
Nathan permaneció inmóvil en el centro del vestíbulo del hotel mientras la lluvia arreciaba afuera.
Mellizos.
Emily.
Cuatro años.
Sus rodillas casi le fallaron.
—
“¿Señor Cole?”
La voz de su asistente parecía venir de muy lejos.
“¿Hidalgo?”
Nathan parpadeó con fuerza.
El atrio que lo rodeaba volvió a captar su atención poco a poco.
—¿Quién era esa mujer? —preguntó con voz ronca.
“¿Qué mujer?”
“La madre de los chicos.”
Su asistente parecía inseguro.
“No estoy seguro. ¿Quizás uno de los huéspedes que se quedan por más tiempo?”
El corazón de Nathan latía con fuerza contra sus costillas.
Cada pensamiento lógico chocaba con la verdad que ya percibía.
Emily había desaparecido cuatro años antes.
Sin mensaje.
Sin explicación.
Nada.
Y justo en ese momento aparecieron ante él dos niños con sus mismos ojos.
Sus hijos.
Esa constatación le golpeó con una fuerza devastadora.
Emily estaba embarazada cuando se marchó.
Embarazada.
Y él nunca lo supo.
Nathan se agarró al borde del mostrador de mármol de la recepción para no caerse.
Los recuerdos lo abrumaron.
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