El sueño que yo había enterrado
Luego encontré un diario. En sus páginas, Jean contaba que un día me había escuchado hablar de mi sueño de infancia: convertirme en pianista. Yo me había reído, diciendo que la vida había decidido otra cosa por mí. Creí haber sepultado ese sueño para siempre.
Él no.
Jean había decidido aprender piano en secreto. El diario relataba sus torpes comienzos, sus dedos rígidos, sus dudas. Tomó clases y practicó durante años. En una página había escrito: «Camille nunca dejó de creer en nuestra familia. Yo no voy a rendirme con ella».
Más adelante, las frases se volvían más cortas: «El médico dice que el tiempo se acaba. Debo terminar esta última pieza».
Sobre el atril había una partitura escrita a mano titulada «Para mi margarita». Una composición inconclusa.
La melodía interrumpida
Me senté al piano. Mis manos vacilaron, pero pronto los viejos reflejos regresaron. Toqué su melodía, tierna y luminosa. Cuando llegué al punto donde la partitura se detenía, dejé que mis dedos encontraran las notas que él no había alcanzado a escribir. Cuando terminé, lloraba sin poder contenerme.
Detrás del escritorio había una última carta. Me regalaba el piano y el estudio. Me pedía que volviera a cantar, y me prometía que estaría siempre allí, en cada nota.
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