Al verlo flotar, sientes asombro en lugar de distracción, ternura en vez de entumecimiento. Durante unos segundos, las preocupaciones se disipan, reemplazadas por una silenciosa admiración.
En definitiva, la visita no ofrece respuestas claras, solo una invitación: a volver a apreciar la belleza, a mantener la mente abierta y a creer, con delicadeza, que la vida aún puede sorprendernos con su gracia.
