La llamada que fue la gota que rebalsó
Entonces sonó el teléfono una vez más. Era Mariana, con esa voz alegre que Ana ya conocía demasiado bien.
—Ana, querida, vamos todos para el feriado nacional —anunció—. Toda la familia. Nos quedamos el fin de semana entero.
No era una pregunta. No era una consulta. Era una notificación. En ese preciso instante, Ana comprendió que había llegado al límite absoluto de su paciencia. Ya no se trataba de disfrutar una reunión familiar, sino de trabajar gratis para personas que ni siquiera reconocían el esfuerzo. Algo tenía que cambiar, y esta vez el cambio iba a ser drástico.
La llegada del clan
El viernes por la tarde, la escena se repitió como una película vista mil veces. Tres autos avanzaron por el camino de entrada y de ellos descendió el grupo habitual: Mariana, con su enorme sombrero de sol; sus dos hijas, cargando únicamente carteras costosas; y seis niños que en cuestión de segundos convirtieron el jardín en un campo de batalla.
Ninguno traía una bandeja de comida. Ninguno traía una botella de vino. Ninguno traía siquiera una bolsa de pan. Solo llegaban con hambre y expectativas.
—¡Ana! —exclamó Mariana mientras la abrazaba, envolviéndola en una nube de perfume caro y de esa actitud de quien se cree con derecho a todo—. Espero que todo esté listo. ¡Nos morimos de hambre!
—Casi está listo —respondió Ana, con una sonrisa tan dulce y tan perfectamente ensayada que habría podido engañar a cualquiera.
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