Ni una llamada.
Ni un mensaje.
Solo silencio.
Para calmar su conciencia, se dijo que probablemente habían encontrado otro donante o que estaban probando tratamientos alternativos. Quizás su marido estaba demasiado ocupado en el hospital como para pensar en ella.
Pasaron dos semanas antes de que la culpa la empujara a manejar de regreso a su casa. Se convenció de que solo iba a «ver cómo estaban las cosas».
Las paredes que hablaban
Apenas cruzó la puerta, se le heló el estómago. Las paredes de la sala estaban cubiertas de dibujos. Decenas. Tal vez cientos. Bocetos torpes, pegados con cinta médica blanca, llenos de trazos de crayón desordenados.
En todos aparecían tres figuras: un hombre alto, un niño pequeño y una mujer de cabello largo. Y sobre cada dibujo, escrita con letras temblorosas, siempre la misma palabra: «Mamá».
Se acercó a mirarlos uno por uno. En algunos, el niño tomaba la mano de la mujer. En otros, los tres estaban frente a una casa. En uno, aparecían bajo un enorme sol amarillo. Todos, sin excepción, la nombraban a ella.
El encuentro en la habitación del fondo
No se había dado cuenta de que su esposo estaba parado detrás.
—Volviste —dijo él en voz baja.
Se veía agotado, con los ojos hundidos y los hombros caídos, como si no hubiera dormido en días. Sin dar explicaciones, la guió por el pasillo hasta el pequeño cuarto del fondo. Al ver la cama de hospital instalada allí, sus pasos se detuvieron.
Las máquinas zumbaban suavemente. Los tubos serpenteaban entre las mantas. Y ahí estaba el niño: pálido, mucho más delgado que la última vez.
Junto a la cama, un recipiente plástico contenía diminutas estrellas de papel dobladas a mano. Su esposo tomó una y la colocó en su palma.
—Hace una cada vez que el dolor se vuelve insoportable —le explicó—. Piensa que si logra hacer mil, vas a decir que sí.
Las palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho.
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