Le dolía hacerlo. Pero le dolía más imaginar a Adrián riéndose otra vez mientras ella vendía lo último que le quedaba.
Esa noche encendió el celular y escribió:
“Tu tratamiento estará cubierto. Mañana te explico.”
Adrián respondió en segundos:
“¿Solo el tratamiento?”
Teresa miró la pantalla hasta que se apagó.
Al día siguiente entró al cuarto 214 con una bolsa de bolillos y una calma que no sentía.
—¿Conseguiste préstamo? —preguntó Adrián, incorporándose en la cama.
—No. Organicé un fondo para pagar tu salud.
—¿Un fondo? Mamá, no compliques las cosas. Dame el dinero y yo me arreglo.
—Ese ha sido el problema, Adrián. Nunca te has arreglado con lo que ya tenías.
El rostro de él cambió.
—También debo la renta del local, tarjetas, sueldos. Si hay dinero, podemos salvar la imprenta.
—Tu salud estará protegida. Tus deudas, no.
—¿Me estás castigando por estar enfermo?
—Poner límites no es abandonarte.
Adrián golpeó la sábana con el puño.
—¿Quién te metió esas ideas en la cabeza?
Teresa dejó la carpeta azul sobre la cama.
—Te escuché ayer. Y sé que falsificaste mi firma.
El color se le fue del rostro.
—Mamá, puedo explicarlo.
—Explícame por qué aparezco como aval en setecientos ochenta mil pesos.
Adrián abrió la boca, pero no salió nada.
—Pensaba pagarlo antes de que te dieras cuenta —murmuró al fin.
—¿Y por qué falsificaste mi firma?
Él bajó la mirada.
—Porque sabía que me ibas a decir que no.
Esa sinceridad, tan pequeña y tan cruel, terminó de romper lo que quedaba.
—Mañana vendrá mi abogado. Vas a entregar los documentos de la imprenta y vas a decir la verdad a los bancos.
Adrián empezó a llorar.
—¿Vas a mandar a la cárcel a tu único hijo?
—No, Adrián. Tus decisiones abrieron esa puerta.
En ese momento, el celular de él vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un mensaje de “Lic. Gerardo”.
“Ya confirmé lo del premio. Necesitamos la firma de tu mamá antes de que cobre.”
Teresa leyó cada palabra.
Adrián agarró el celular, pero ya era demasiado tarde.
La falsificación no era el final de la traición. Era apenas el primer paso para quitarle toda su fortuna.
PARTE 3
—Dame ese teléfono —ordenó Teresa.
Adrián lo apretó contra el pecho.
—Mamá, no es lo que parece.
—Eso dijiste cuando encontré los créditos falsos.
El cuarto quedó en silencio. Afuera se escuchaban pasos, camillas, voces de enfermeras, un carrito metálico chocando contra una pared. Adentro, Teresa miraba a su hijo como si por fin pudiera verlo sin el velo de la culpa.
Ya no veía al niño huérfano que abrazó en el panteón. Veía a un hombre adulto que había aprendido a convertir cada herida en permiso para lastimar.
El licenciado Eduardo Rivas entró desde el pasillo. Había estado esperando por si la conversación se complicaba.
—Señor Adrián —dijo con firmeza—, borrar mensajes relacionados con una falsificación puede empeorar su situación legal.
Adrián miró a Teresa. Ella no lloraba. Eso fue lo que más miedo le dio.
Al fin entregó el celular.
Eduardo revisó la conversación con Gerardo Salcedo, el abogado que había ayudado a Adrián a abrir la imprenta. Había fotos del boleto, ejemplos de la firma de Teresa y un borrador de poder notarial donde Adrián quedaba autorizado para administrar sus bienes por “incapacidad temporal”.
—¿Incapacidad? —preguntó Teresa con una voz tan baja que heló el cuarto.
Eduardo siguió leyendo.
—Aquí el licenciado Salcedo propone conseguir una constancia médica falsa para presentarla como una mujer con deterioro cognitivo. Después, con ese documento, podrían controlar sus cuentas una vez cobrado el premio.
Teresa sintió que algo caliente le subía por el pecho.
Adrián conocía sus olvidos. Las llaves perdidas después de noches sin dormir. Las citas confundidas por andar corriendo entre farmacias. Las veces que dejó el gas abierto porque salía angustiada al hospital. Él había tomado el cansancio de su madre y lo había convertido en prueba contra ella.
—¿Ibas a declararme incapaz? —preguntó.
Adrián se tapó la cara.
—Gerardo dijo que era una medida de protección.
—¿Protección para quién?
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