Teresa no durmió esa noche. A las siete de la mañana se sentó en una cafetería frente al Parque Revolución, con el boleto guardado en una bolsita de plástico dentro del sostén, porque ya no confiaba ni en su propia sombra.
Noemí llegó diez minutos después. Era una mujer joven, de cabello recogido y ojos cansados. Traía una carpeta azul contra el pecho.
—Yo trabajaba con Adrián en la imprenta —dijo sin pedir café—. Llevaba sus cuentas. También era yo la que habló con él ayer.
Teresa no respondió. Solo la miró.
Noemí abrió la carpeta.
Dentro había estados de cuenta, solicitudes de crédito, contratos con proveedores y copias de identificaciones. En varios documentos aparecía el nombre de Teresa Morales como aval solidaria.
La firma parecía suya.
Pero no lo era.
—Esto suma casi setecientos ochenta mil pesos —susurró Noemí—. Adrián usó copias de su INE, de su comprobante de domicilio y de unos recibos de nómina viejos. Dijo que usted había aceptado apoyarlo.
Teresa sintió un hueco en el pecho.
—Yo jamás firmé eso.
—Lo sé. Por eso estoy aquí.
Noemí sacó otro papel. Era una hoja con prácticas de firma. Decenas de intentos torcidos hasta lograr una copia casi perfecta de la letra de Teresa.
—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó Teresa.
Noemí bajó la mirada.
—Porque ayer Adrián empezó a preguntar si usted había recibido dinero. Dijo que si llegaba con una “buena noticia”, había que moverse rápido. Y porque el licenciado Gerardo Salcedo le dijo que todavía podían hacerla firmar algo antes de que usted cobrara cualquier premio.
Teresa apretó la taza con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
A las cinco de la tarde estaba sentada frente al licenciado Eduardo Rivas, abogado especializado en patrimonio y fraudes bancarios. Sobre el escritorio puso el boleto ganador, la carpeta azul y su credencial.
—Quiero pagar el tratamiento de mi hijo —dijo ella—. Pero no quiero que pueda retirar un solo peso.
Eduardo revisó todo con calma.
—Podemos crear un fideicomiso médico. El dinero pagará directamente hospital, doctores, medicamentos, rehabilitación y estudios. Nada de efectivo. Nada de transferencias personales. Y al mismo tiempo desconocemos estos créditos por falsificación.
Teresa cerró los ojos.
Le dolía hacerlo. Pero le dolía más imaginar a Adrián riéndose otra vez mientras ella vendía lo último que le quedaba.
Esa noche encendió el celular y escribió:
“Tu tratamiento estará cubierto. Mañana te explico.”
Adrián respondió en segundos:
“¿Solo el tratamiento?”
Teresa miró la pantalla hasta que se apagó.
Al día siguiente entró al cuarto 214 con una bolsa de bolillos y una calma que no sentía.
—¿Conseguiste préstamo? —preguntó Adrián, incorporándose en la cama.
—No. Organicé un fondo para pagar tu salud.
—¿Un fondo? Mamá, no compliques las cosas. Dame el dinero y yo me arreglo.
—Ese ha sido el problema, Adrián. Nunca te has arreglado con lo que ya tenías.
El rostro de él cambió.
—También debo la renta del local, tarjetas, sueldos. Si hay dinero, podemos salvar la imprenta.
—Tu salud estará protegida. Tus deudas, no.
—¿Me estás castigando por estar enfermo?
—Poner límites no es abandonarte.
Adrián golpeó la sábana con el puño.
—¿Quién te metió esas ideas en la cabeza?
Teresa dejó la carpeta azul sobre la cama.
—Te escuché ayer. Y sé que falsificaste mi firma.
El color se le fue del rostro.
—Mamá, puedo explicarlo.
—Explícame por qué aparezco como aval en setecientos ochenta mil pesos.
Adrián abrió la boca, pero no salió nada.
—Pensaba pagarlo antes de que te dieras cuenta —murmuró al fin.
—¿Y por qué falsificaste mi firma?
Él bajó la mirada.
—Porque sabía que me ibas a decir que no.
Esa sinceridad, tan pequeña y tan cruel, terminó de romper lo que quedaba.
—Mañana vendrá mi abogado. Vas a entregar los documentos de la imprenta y vas a decir la verdad a los bancos.
Adrián empezó a llorar.
—¿Vas a mandar a la cárcel a tu único hijo?
—No, Adrián. Tus decisiones abrieron esa puerta.
En ese momento, el celular de él vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un mensaje de “Lic. Gerardo”.
“Ya confirmé lo del premio. Necesitamos la firma de tu mamá antes de que cobre.”
Teresa leyó cada palabra.
Adrián agarró el celular, pero ya era demasiado tarde.
La falsificación no era el final de la traición. Era apenas el primer paso para quitarle toda su fortuna.
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