Fingí que el accidente me había roto los huesos, así que me senté en silencio en mi silla de ruedas y vi a mi prometida reírse burlonamente delante de todos.

Parte 2

Tres días después, Vanessa comenzó a organizar mi salida de mi propia empresa.

Ella creía que yo estaba encerrada en mi habitación, indefensa bajo sábanas de seda y mentiras costosas. No tenía ni idea de que había cámaras en la biblioteca, micrófonos en el estudio y un ascensor privado que daba directamente a mi habitación de seguridad.

A medianoche, la observé en seis monitores.

Estaba de pie junto a Daniel, mi supuesto mejor amigo, sirviendo whisky con una sonrisa tan afilada que podía cortar el cristal.

“No durará”, dijo Daniel. “La junta directiva entrará en pánico”.

Vanessa se rió. «Bien. Cuando me case con él, solicitaré la tutela médica. Luego transferiremos el derecho al voto. Después de eso…» Levantó su copa. «El pobre Adrián podrá recuperarse en algún centro tranquilo.»

Apreté la mandíbula.

Daniel se inclinó hacia él. “¿Y la criada?”

La sonrisa de Vanessa desapareció. «Despídanla. Lo mira como si él importara».

Guardé la grabación.

A la mañana siguiente, Vanessa entró en mi habitación con flores en la mano, como si fuera a actuar para un público. Clara estaba de pie junto a la ventana, doblando toallas.

—Mi pobrecito —dijo Vanessa en voz alta, por si acaso alguien la escuchaba—. He hablado con un especialista. Un centro de cuidados privados. Muy tranquilo.

Levanté la vista. “¿Quieres echarme?”

—Por tu propio bien —dijo, dirigiendo la mirada hacia Clara—. Y tendremos que reducir la plantilla. Algunos se están encariñando demasiado.

Los dedos de Clara se detuvieron.

Vanessa se acercó a ella. “Empaca tus cosas para esta noche”.

—No —dije.

La habitación quedó en silencio.

Vanessa se giró lentamente. “¿Perdón?”

“Clara se queda.”

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