La presión arterial alta, o hipertensión, es una afección crónica muy extendida que afecta a más de mil millones de personas en todo el mundo. Conocida como el “asesino silencioso”, generalmente no presenta síntomas mientras daña progresivamente los órganos vitales. Sin una detección y un tratamiento tempranos, puede provocar complicaciones potencialmente mortales como infartos, accidentes cerebrovasculares, insuficiencia renal y enfermedades cardíacas. Muchas personas desconocen que la padecen hasta que se produce una crisis de salud grave.
La presión arterial mide la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias y se registra como la presión sistólica (cuando el corazón late) dividida por la presión diastólica (cuando el corazón está en reposo). Una presión arterial normal ronda los 120/80 mmHg, mientras que valores superiores a 130/80 mmHg indican hipertensión. La presión elevada prolongada obliga al corazón a trabajar más y puede dañar las arterias, limitando el flujo sanguíneo a órganos como el cerebro y los riñones.
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