El millonario fingió estar viajando por Europa… pero las grabaciones realizadas en su casa revelaron quién cuidaba realmente de sus hijas.

parte 1

Emiliano Duarte apagó las luces de su villa en Lomas de Chapultepec, cogió su maleta italiana y besó a sus dos hijas que estaban en la entrada como si nada hubiera pasado.

“Solo serán unos días, hijas mías”, dijo con una sonrisa serena. “Pórtense bien”.

Daniela, de nueve años, lo abrazó con fuerza.

Martina, de seis años, se aferró a su chaqueta, como si quisiera detenerlo sin decir una palabra.

Ninguno de ellos sabía que su padre estaba mintiendo.

No hubo viaje a Europa.

No se celebró ninguna reunión en Madrid.

No había aviones privados esperando en Toluca.

Menos de una hora después de salir por la entrada principal, el hombre más poderoso del sector inmobiliario de la Ciudad de México volvió a entrar por la puerta trasera, sin hacer ruido, acompañado únicamente por Rubén, su jefe de seguridad.

No regresó para sorprender a nadie.

Se gira para mirar.

Porque la duda ya lo estaba consumiendo.

La noche anterior, Patricia, su novia, se había inclinado sobre la mesa del comedor y le había susurrado algo que lo mantuvo despierto.

—Confías demasiado en Rosa —dijo, bajando la voz—. Esa chica te está robando. Y lo que es peor… está manipulando a tus hijas.

Emiliano no quiso creerlo de inmediato.

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