Me miró con expresión cansada. “¿Con qué?”
Fue entonces cuando comprendí lo que el miedo le hacía a Nathan. Lo hacía encogerse, encogiéndose poco a poco, mientras yo permanecía a su lado sin tener ni idea de cómo ayudarlo.
Debería haberlo recordado después.
Tres semanas después de esa conversación, me retiré de la facultad de medicina.
Nathan se resistió al principio.
—No —dijo—. En absoluto.
“No bromees con esto.”
“No estoy bromeando.”
Su expresión pasó de la sorpresa a la ira, y finalmente a la tristeza.
—Puedo —dije—. Y lo hago por nosotros.
Esa sola palabra se convirtió en la base de cada decisión que tomé.
A nosotros.
Nathan me tomó el rostro entre sus manos y dijo: “Dedicaré el resto de mi vida a que esto valga la pena”.
Creí cada palabra.
Dejé la universidad antes del segundo año y empecé a trabajar. De día, trabajaba en una clínica dental. De noche, hacía turnos en una farmacia. Con el tiempo, también empecé a trabajar los fines de semana facturando para una red de atención de urgencias. Aprendí a sobrevivir con pocas horas de sueño, comidas baratas y una especie de esperanza que me impulsaba a seguir adelante porque rendirme no era una opción.
Nathan y yo nos casamos en el juzgado al año siguiente. Nos prometimos una celebración como Dios manda después de la graduación. Seguimos postergando la felicidad, fingiendo que era disciplina.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
