MIS COMPAÑEROS DE LA UNIVERSIDAD SE BURLABAN DEL SEÑOR DE LIMPIEZA Y LE TIRABAN BASURA AL PISO A PROPÓSITO. AYER,

El rector fue el primero en ponerse de pie.

Luego los profesores.

Después los estudiantes.

Y finalmente todo el auditorio.

Más de quinientas personas aplaudiendo.

Algunas llorando.

Otras limpiándose el rostro.

Don Ramón intentaba hablar.

Pero no podía.

Las lágrimas no lo dejaban.

Entonces lo abracé.

Y por primera vez en muchos años lo vi llorar sin esconderse.

Después de la ceremonia ocurrió algo que jamás olvidaré.

Los padres de aquellos tres estudiantes se acercaron personalmente a don Ramón.

Le estrecharon la mano.

Y luego miraron a sus hijos.

Nadie tuvo que decir nada.

La vergüenza en sus rostros lo decía todo.

Uno de los muchachos incluso se acercó más tarde para pedir disculpas.

No sé si cambió realmente.

Pero al menos entendió algo que nunca había aprendido.

El valor de una persona no depende de su cargo.

Ni de su dinero.

Ni de la ropa que usa.

Esa noche salimos de la universidad juntos.

Mi diploma iba bajo un brazo.

Mi padre caminaba a mi lado.

Y por primera vez sentí que el reconocimiento más importante no era haber sido la mejor estudiante de la generación.

Era haber tenido el valor de mostrarle al mundo quién era el verdadero héroe de mi historia.

Hoy soy arquitecta.

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