MIS COMPAÑEROS DE LA UNIVERSIDAD SE BURLABAN DEL SEÑOR DE LIMPIEZA Y LE TIRABAN BASURA AL PISO A PROPÓSITO. AYER,

El blanco favorito de las burlas era don Ramón.

Un hombre de 55 años que limpiaba los pasillos del edificio principal.

Era tranquilo.

Respetuoso.

Y siempre tenía una sonrisa amable para cualquiera que lo saludara.

Pero había tres muchachos que parecían disfrutar humillándolo.

Tiraban vasos de café al piso después de que él terminaba de limpiar.

Dejaban envolturas en los pasillos.

Y luego se reían mientras él regresaba a recoger todo.

—Para eso le pagan —decían.

—Si hubiera estudiado, no estaría limpiando pisos.

Cada vez que escuchaba esos comentarios sentía un nudo en el estómago.

Pero nunca respondía.

Esperaba a que se fueran.

Y luego ayudaba a don Ramón a limpiar.

Mis compañeros no entendían por qué.

Más de una vez me dijeron que dejara de juntarme con la “servidumbre”.

Yo simplemente guardaba silencio.

Porque había una verdad que nadie conocía.

Y porque don Ramón me había pedido que nunca la contara.

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