El desconocido me pidió que fingiera estar dormida sobre su hombro durante el vuelo… pero cuando aterrizamos descubrí que era el empresario más poderoso de México y que mi exmarido ya me estaba buscando.

PARTE 1
Valeria Hernández subió al avión con dos maletas, un cochecito de bebé plegado y el corazón destrozado, como si estuviera hecho añicos sin remedio.

A sus treinta y un años, jamás se había imaginado dejando Guadalajara de esta manera: con su pequeña hija Sofía durmiendo acurrucada en su pecho, sin un hogar que la espere, con solo unos pocos ahorros y aún llevando el apellido de un matrimonio que se había desmoronado poco a poco.

Volaba hacia Ciudad de México, donde una prima le había ofrecido una pequeña habitación en Iztapalapa hasta que pudiera encontrar la manera de reconstruir su vida.

No era el futuro con el que ella había soñado.

Era sencillamente la única opción que le quedaba.

Su exmarido, Rodrigo Salinas, ya había cambiado las cerraduras de su apartamento, bloqueado el acceso a su cuenta bancaria compartida y publicado fotos en internet de sí mismo con otra mujer, actuando como si sus cinco años de matrimonio no hubieran significado absolutamente nada.

Valeria no lloró al subir al avión.

Ya no le quedaban lágrimas.

Pero cuando Sofía empezó a inquietarse momentos antes del despegue, Valeria sintió el peso de las miradas de los extraños oprimiéndola.

Una mujer elegantemente vestida, sentada unas filas más atrás, chasqueó la lengua con irritación.

“Increíble… por supuesto que tenía que acabar en un vuelo con un bebé llorando.”

Valeria bajó la mirada y apretó con más fuerza la bolsa de pañales.
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