Durante veinticinco años, Elena había construido su vida alrededor de un solo propósito: sostener a su familia. Se levantaba antes que amaneciera, preparaba el desayuno, planchaba las camisas de Ricardo, revisaba las mochilas de sus dos hijos y, aun así, encontraba tiempo para trabajar medio turno en la farmacia del barrio. Nunca se quejaba. Creía, con esa fe callada de las mujeres que aprendieron a callar temprano, que el amor se demostraba con actos pequeños y repetidos, y que algún día alguien le devolvería la mirada.
Ricardo, en cambio, había crecido con los años en apariencia y en soberbia. De un empleado modesto había pasado a ser gerente regional de una empresa de importaciones, y con el ascenso llegaron los trajes caros, los amigos nuevos y una manera despectiva de referirse a Elena delante de otros. La llamaba «la señora de la casa» con una sonrisa torcida, como si eso fuera lo único que ella había logrado se
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